Cuando se Pierde la Humanidad: el Caso de Deivi Carlos Abreu Quesada/Art. de Cristina Rodríguez

Por Carmelo Soriano

La situación ocurrida con Deivi Carlos Abreu Quesada no es solo una expresión de la desprotección del Estado ni de las fallas de la justicia. Es, en su forma más cruda, una evidencia de la descomposición del tejido social, entendida como el debilitamiento de los valores, normas y vínculos que sostienen la convivencia humana.

No se trata únicamente de un hecho violento. Se trata de algo más profundo: la desconexión del individuo con su dimensión ética y social, la ruptura del vínculo con el otro, con el prójimo. Desde una perspectiva sociológica, esto refleja una erosión de la empatía y de la responsabilidad colectiva, elementos fundamentales para la cohesión social.

Hemos fallado no solo a las leyes terrenales, sino también a ese principio universal que atraviesa culturas y sistemas de valores: amar al prójimo como a uno mismo, entendido no como consigna, sino como práctica social concreta.

Deivi no solo pidió auxilio.

Deivi dijo: “me van a matar”.

Ese enunciado no es únicamente una expresión de miedo; es un acto comunicativo de urgencia extrema, que en condiciones normales debería activar mecanismos inmediatos de protección social e institucional. Sin embargo, la respuesta fue insuficiente.

Hubo quienes miraron.

Hubo quienes grabaron.

Hubo quienes estuvieron… pero no actuaron.

Mientras un hombre se desangraba, mientras suplicaba ayuda incluso a quienes sostenían una cámara, la respuesta predominante fue la pasividad. Este comportamiento puede analizarse como un fenómeno social conocido: la difusión de la responsabilidad, donde la presencia de múltiples testigos reduce la probabilidad de intervención individual.

En ese instante no solo se apagaba una vida: se evidenciaba la ausencia de empatía activa, es decir, la incapacidad de traducir la emoción en acción solidaria.

¿Dónde estaban las autoridades?

¿Dónde estaba el deber de proteger?

¿Dónde estaba el ciudadano solidario?

Estas preguntas no solo interpelan al Estado, sino también a la sociedad. La seguridad ciudadana no depende exclusivamente de la institucionalidad, sino también de una cultura cívica donde la vida del otro sea un valor irrenunciable.

Pero más allá de todo, hay una pregunta que nos confronta como sociedad:

Si ese hombre hubiese sido un ser querido tuyo…

¿habrías actuado igual?

A los motoristas que participaron, a quienes tenían la responsabilidad de resguardar el orden, a los testigos, a los transeúntes, a quienes grabaron sin intervenir:

¿Qué habría sido de tu comportamiento si, en lugar del dolor de Deivi, ese dolor fuera el tuyo?

Este no es solo un caso.

Es un espejo social.

Y lo que refleja es claro: estamos ante la necesidad urgente de reconstruir la empatía como valor público, fortalecer la capacidad de respuesta institucional y promover una cultura de corresponsabilidad ciudadana.

Porque cuando un grito de auxilio no encuentra respuesta, no solo falla la seguridad, falla la humanidad.

Compatir

Contenido Relacionado