Fue aquella madrugada del 8 de abril, 12:44 a. m. en la que la historia reciente de la se fracturó en dos: un antes y un después del Jet Set. No se trata únicamente de un hecho trágico; se trata de un punto de inflexión en la conciencia colectiva y en la comprensión social del valor de la vida.
En ese instante se detuvieron sueños, se quebraron proyectos de vida y se suspendieron expectativas que formaban parte del tejido humano de nuestra sociedad. El impacto no solo fue nacional, sino que trascendió nuestras fronteras, dejando una huella de dolor que estremeció conciencias dentro y fuera del país. Sin embargo, ese dolor adquirió una dimensión más íntima, más cercana y profundamente desgarradora en San Cristóbal, en Yaguate y, de manera especialmente profunda, en Haina, territorio que me formó y que hoy no solo guarda luto, sino que llora colectivamente a los suyos, con un dolor que no se nombra, pero que se siente en cada hogar, en cada silencio y en cada ausencia.
Aquella noche reunía condiciones propias de un evento cultural de alto valor simbólico. La presencia de Rubby, nuestro Rubby, el hainero que trascendió fronteras y posicionó la identidad dominicana a nivel internacional, junto a “Los Amigos Dorados” y otros exponentes del arte, no solo convocaba a asistentes habituales, sino a un pueblo entero que seguía su música por lo que representaba: identidad, alegría y pertenencia. Personas llegaron desde distintas partes del país y del mundo para vivir un concierto que, como de costumbre, prometía ser una experiencia única, cargada de emoción y celebración colectiva.
Como en múltiples ocasiones, se evidenció una entrega total al arte, una conexión genuina con el público y una vivencia auténtica de la música. Incluso en medio de condiciones adversas, la continuidad de la presentación refleja una dimensión humana profundamente significativa: la vocación artística sostenida hasta el último instante.
El Jet Set constituía un espacio emblemático de socialización, identidad cultural y encuentro intergeneracional. Allí, durante años, miles de dominicanos construyeron experiencias significativas en torno a la música, la cultura y la convivencia, consolidando vínculos que trascendían lo individual para convertirse en memoria colectiva. En ese mismo escenario, donde se tejían historias de alegría y pertenencia, quedaron abruptamente interrumpidas vidas que no solo representaban trayectorias personales, sino también valiosos aportes al desarrollo social, económico, político, deportivo, cultural y comunitario del país.
Existen momentos en los que el dolor colectivo trasciende el ámbito individual y se convierte en una expresión social compartida. Desde que el reloj marcó las 12:40 de aquella madrugada, cuando nuestro mundo cambió de manera irreversible, la percepción social del evento quedó marcada por una profunda carga simbólica. Fue el instante en que, con la caída de ese techo, no solo se desplomó una estructura física, sino que se apagaron vidas, se quebraron fuerzas, y se extinguieron, de manera abrupta, la alegría y la esperanza de muchos hogares dominicanos.
No existen palabras suficientes para describir la magnitud del dolor causado; sin embargo, esta realidad nos convoca a fortalecer los lazos de solidaridad, de acompañamiento y de apoyo moral hacia las víctimas y hacia las comunidades impactadas.
En mi condición de Titular de la Secretaría de Igualdad y Equidad de Género del PLD, como mujer, maestra, investigadora y servidora pública formada en Haina, esta reflexión debe abordarse desde un enfoque ético, técnico y profundamente comprometido con la vida y la dignidad humana. No es posible analizar esta tragedia únicamente desde la emoción; es imprescindible situarla en su complejidad estructural, comprender las condiciones que la hicieron posible y reconocer sus impactos diferenciados en el tejido social.
Este hecho nos interpela como sociedad y como Estado, obligándonos a trascender el duelo para asumir responsabilidades concretas. Implica revisar marcos normativos, fortalecer los sistemas de supervisión, garantizar el cumplimiento efectivo de las regulaciones y avanzar hacia una cultura de prevención que priorice la seguridad por encima de cualquier otra consideración. Solo desde esta mirada integral será posible honrar a quienes partieron y construir respuestas institucionales que protejan la vida, restituyan la confianza ciudadana y eviten que hechos como este vuelvan a repetirse.
La autora es titular de la Secretaría de Igualdad y Equidad de Género del PLD

