La Mochila A Cuestas De Las Mujeres/Art. de Cristina Rodríguez Mota

Por Carmelo Soriano

A medida que una mujer asume responsabilidades familiares, académicas, laborales y sociales, comienza a formarse sobre sus hombros una enorme mochila invisible. Cada día la lleva a cuestas, sostenida por sus brazos, su voluntad y una aparente calma que muchas veces oculta el agotamiento acumulado.

La mujer se entrega en cuerpo y alma. Piensa en sus hijos, sus padres, su pareja, sus seres queridos y en todas las personas que dependen de ella. Se convierte en refugio, apoyo y respuesta para los demás, mientras sus propias necesidades van quedando relegadas. Es un sacrificio físico, emocional y mental difícil de explicar y todavía más complejo de medir.

A esta carga se suman situaciones que no dependen de ella ni puede controlar por sí sola. El alto costo de la vida, la factura eléctrica, la alimentación, los medicamentos, el transporte y los gastos escolares aumentan cada día el peso de su mochila.

También aparecen las preguntas que la acompañan desde que despierta: ¿Quién cuidará a mis hijos mientras trabajo? ¿Conseguiré un cupo en la escuela? ¿Puedo permanecer más tiempo fuera de casa? ¿A qué hora debo salir? ¿Hasta qué hora podré trabajar? ¿Cuándo encontraré tiempo para atender mi hogar?

Porque para muchas mujeres la jornada laboral no termina al salir del trabajo. Al llegar a casa comienza otra: cocinar, limpiar, organizar, cuidar, orientar las tareas escolares y preparar lo necesario para el día siguiente. Y cuando los ingresos no alcanzan, deben buscar una segunda fuente de sustento, emprender o aceptar trabajos adicionales.

La mochila duele. Duele mucho. La carga es enorme, pero sienten que no pueden abandonar ninguna responsabilidad, porque de ellas depende, en gran medida, el equilibrio de toda la familia.

Cuando, además de trabajar y atender el hogar, una mujer decide estudiar porque encuentra en la formación una oportunidad para transformar su futuro, llegan las noches sin dormir, las ojeras, el agotamiento y los dolores del cuerpo. A sus gastos personales se agregan los medicamentos de sus padres envejecientes y los tratamientos que necesitan sus hijos para crecer y desarrollarse adecuadamente.

En el mejor de los casos, la mujer cuenta con un hombre o una pareja que la acompaña, comparte las responsabilidades y sostiene el hogar junto a ella. Esa presencia aligera la mochila, porque la crianza, el cuidado y el sustento se asumen entre dos.

Pero también están las mujeres a quienes les ha tocado convertirse en mamá y papá al mismo tiempo: las llamadas “mapas”. Ellas toman solas las decisiones, buscan el sustento, cuidan, educan, corrigen, protegen y responden por cada necesidad de sus hijos. Caminan muchas veces encorvadas por el cansancio, con la espalda adolorida y el alma agotada, pero sienten que no pueden detenerse, porque si ellas se detienen, todo a su alrededor también puede detenerse.

Para las “mapas”, la mochila no solamente pesa más: casi nunca existen otros hombros disponibles para ayudarlas a sostenerla.

Algunas mujeres cargan esa mochila hasta que su propia salud las obliga a parar. El cuerpo advierte, la mente se agota y las fuerzas comienzan a faltar. Entonces elevan una oración: “Señor, no permitas que me detenga; dame fuerzas para continuar”.

Sin embargo, existen cargas que no pueden vencerse solamente con voluntad y fe. Cuando aparece una enfermedad como el cáncer, comienza otra lucha: conseguir una cita médica, realizarse los estudios, obtener un medicamento de alto costo o enfrentar las limitaciones de un seguro que no cubre el tratamiento requerido.

En ese momento, la enfermedad no llega sola. Viene acompañada del miedo, la incertidumbre y la presión económica. La mujer se preocupa por su salud, pero al mismo tiempo continúa preguntándose quién cuidará a sus hijos, quién atenderá a sus padres y cómo sostendrá económicamente a su familia si debe dejar de trabajar.

La salud constituye una de las mochilas más pesadas. Pero todavía más peligrosa puede ser la enfermedad silenciosa: el deterioro de la salud mental, la ansiedad, el estrés y la depresión. Es esa carga que no siempre puede observarse, pero que puede derrumbar a una mujer detrás de una sonrisa, una mirada o un prolongado silencio.

Por eso no podemos seguir romantizando el sacrificio femenino ni llamar “mujer fuerte” a quien ha sido obligada a soportarlo todo sin recibir ayuda. La fortaleza de las mujeres no puede continuar utilizándose como excusa para dejarlas solas.

El Gobierno debe asumir su responsabilidad mediante políticas públicas que alivien verdaderamente esta carga: servicios de salud accesibles, medicamentos garantizados, estancias infantiles, cupos escolares suficientes, empleos dignos, salarios justos, protección social y programas efectivos de atención a la salud mental.

El cuidado de las familias no puede continuar descansando casi exclusivamente sobre los hombros de las mujeres. Los hombres, las familias, las instituciones y la sociedad también deben aprender a compartir las responsabilidades. Cuidar, educar, sostener y acompañar son compromisos colectivos.

Estas son apenas algunas de las mochilas que pesan sobre la vida de millones de mujeres. Algunas encuentran fuerzas en sus familias; otras, en la fe y en ese gigante llamado Jesús, que las sostiene cuando sienten que sus rodillas comienzan a doblarse. Pero ninguna debería necesitar convertirse en una heroína para sobrevivir a su propia vida.

Tal vez ha llegado el momento de dejar de preguntarles cómo logran soportarlo todo y comenzar a preguntarnos por qué les hemos permitido cargar tanto. Porque detrás de cada mujer que afirma estar bien puede existir un cuerpo agotado, una mente sobrecargada y un corazón que también necesita ser cuidado.

La verdadera transformación no consiste en enseñarles a cargar mejor su mochila, sino en ayudarlas a vaciarla: compartir las responsabilidades, garantizar sus derechos, escuchar sus silencios y sostenerlas antes de que el peso las derrumbe.

Quizás mañana, cuando veamos a una mujer caminar deprisa hacia el trabajo, acompañar a sus hijos, cuidar a sus padres o regresar cansada a su hogar, deberíamos mirar más allá de su aparente fortaleza. Tal vez no necesite que volvamos a decirle cuánto admiramos su capacidad de resistir. Tal vez solo necesite que alguien se acerque, tome una parte de su carga y le diga:

“No tienes que poder con todo. No tienes que cargar sola”.

Porque una sociedad verdaderamente justa no es aquella que celebra cuánto peso pueden soportar sus mujeres, sino aquella que evita que tengan que llevar el mundo entero sobre sus espaldas.

La autora es titular de la Secretaría de Igualdad y Equidad de Género del PLD

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