A propósito del Día de la Sororidad, quiero proponer una reflexión que vaya más allá de la conmemoración y nos invite a mirar no solo las barreras que enfrentamos las mujeres para llegar a los espacios de decisión, sino también lo que hacemos cuando finalmente llegamos a ellos.
La sororidad nos convoca a reconocernos, acompañarnos y construir relaciones de solidaridad entre mujeres. Pero también debe invitarnos a una mirada crítica hacia dentro: ¿somos capaces de abrir para otras las puertas que alguna vez reclamamos que se abrieran para nosotras?
Durante décadas hemos hablado del techo de cristal: esas barreras, muchas veces invisibles, que dificultan que las mujeres alcancen los niveles más altos de liderazgo y toma de decisiones.
Romperlo ha sido y continúa siendo una conquista necesaria.
Pero, a propósito del Día de la Sororidad, quiero agregar otra pregunta:
¿Qué ocurre después de romper el techo de cristal?
Porque llegar no necesariamente significa transformar.
Las mujeres tampoco estamos exentas de reproducir prácticas de clasismo, favoritismo, amiguismo, exclusión o concentración de oportunidades dentro de círculos cerrados.
Reconocerlo no debilita nuestra lucha por la igualdad. Al contrario: la hace más coherente.
El clasismo no deja de ser clasismo porque lo practique una mujer.
El favoritismo no se convierte en sororidad porque beneficie a otra mujer.
Y un círculo cerrado continúa siendo excluyente aunque esté integrado por mujeres que también tuvieron que luchar para llegar.
Romper el techo de cristal para después cerrar la puerta a las que vienen detrás no transforma el poder; solamente cambia quién está dentro.
Cuando las oportunidades circulan entre los mismos
Esta reflexión trasciende el género.
Interpela a quienes ejercen responsabilidades en gobiernos, ministerios, parlamentos, partidos políticos, organismos internacionales, empresas, universidades, gremios, sindicatos y organizaciones sociales y comunitarias.
Debemos cuidarnos de convertir las oportunidades en patrimonio de determinados círculos.
Cuando para avanzar pesa más a quién conocemos que lo que somos capaces de hacer; cuando la cercanía sustituye al mérito; cuando determinados apellidos, relaciones, posiciones económicas o entornos sociales abren puertas que permanecen cerradas para otros, la desigualdad encuentra nuevas formas de reproducirse.
Y quienes parten con menos ventajas suelen tener que recorrer el camino más largo.
Las “hijas de Machepa” de nuestro tiempo
A propósito del Día de la Sororidad, quiero reivindicar especialmente a esas mujeres.
A las que vienen del campo.
A las que vienen de los barrios.
A las trabajadoras.
A las emprendedoras que comenzaron con poco.
A las dirigentes comunitarias.
A las profesionales que fueron las primeras de sus familias en llegar a la universidad.
A las que estudiaron mientras trabajaban.
A las que han servido durante años sin ocupar necesariamente los primeros lugares.
A las jóvenes que poseen talento y preparación, pero todavía no tienen relaciones ni acceso a los espacios donde se distribuyen las oportunidades.
Son mujeres que han tenido que construir cada peldaño con esfuerzo, preparación, perseverancia y servicio.
En la República Dominicana tenemos una expresión profundamente vinculada a nuestra historia social: “los hijos de Machepa”, popularizada en el discurso político dominicano por Juan Bosch para representar a quienes procedían de los sectores humildes frente a las élites y los privilegios.
Hoy quiero colocar esa imagen en femenino y proyectarla más allá de nuestras fronteras:
las “hijas de Machepa” de nuestro tiempo.
Las que no heredaron poder.
Las que no nacieron cerca de los centros de decisión.
Las que no poseen grandes apellidos ni redes de influencia.
Las que tienen como principal patrimonio su trabajo, su preparación, su dignidad y su hoja de servicio.
Cada sociedad tiene sus propias “hijas de Machepa”, aunque las llame de otra manera.
Están en el Caribe, en América Latina y en cualquier lugar del mundo donde una mujer tenga que recorrer una distancia mayor que otras para alcanzar la misma puerta.
Ellas también tienen derecho a llegar.
Sororidad también significa hablar de clase
No todas las mujeres comenzamos desde el mismo punto.
Podemos compartir desigualdades asociadas al género y, al mismo tiempo, experimentar realidades profundamente diferentes debido a la clase social, el territorio, la edad, las condiciones económicas o el acceso a redes de influencia.
Por eso hablar de igualdad entre mujeres y hombres continúa siendo indispensable, pero una sororidad madura también debe permitirnos hablar de las desigualdades que existen entre las propias mujeres.
No puede haber una sororidad reservada para quienes pertenecen al mismo círculo social, profesional o económico.
La sororidad adquiere su mayor dimensión cuando alcanza precisamente a quien está fuera del círculo.
A la mujer que nadie recomendó.
A la que nadie presentó.
A la que no tiene padrinos.
A la que solamente puede colocar sobre la mesa su preparación, su capacidad y su trayectoria.
¿Qué hacemos con el poder cuando llegamos?
Esta debería ser una pregunta permanente para cualquier liderazgo.
Porque reclamar oportunidades cuando estamos fuera es una parte de la lucha; democratizarlas cuando estamos dentro constituye una de las grandes pruebas del liderazgo.
¿Qué hacemos cuando tenemos capacidad para nombrar, recomendar, promover, contratar, seleccionar, reconocer, escuchar o abrir una oportunidad?
¿Miramos siempre hacia nuestro propio entorno?
¿Somos capaces de reconocer talento fuera de nuestros círculos?
¿Valoramos una trayectoria aunque quien la haya construido no pertenezca a nuestro grupo?
¿Estamos preparando a otra generación para avanzar por capacidad y no por dependencia?
¿Estamos tendiendo puentes hacia quienes históricamente han permanecido lejos de los centros de decisión?
Estas preguntas deberían resonar desde una pequeña organización comunitaria hasta los principales espacios de decisión nacionales e internacionales.
Y están nuestras jóvenes
No podemos decirles a las nuevas generaciones que estudien, se preparen, innoven, emprendan, participen y aspiren a dirigir nuestras sociedades para luego enseñarles, mediante nuestras prácticas, que el mérito no basta y que necesitan pertenecer al círculo correcto.

