La noche del 3 de noviembre no fue una elección más de medio término, fue un cobro de factura y, sobre todo, una muestra de madurez del votante norteamericano. En una sola jornada, el mismo electorado que hace dos años se dejó llevar por la promesa de precios bajos y orden, fue capaz de hacer lo que nunca había hecho en 250 años: llevar al Senado a Abdul El-Sayed por Michigan, el primer senador musulmán de la historia, y a la gobernación de Georgia a Keisha Lance Bottoms, la primera mujer negra gobernadora en todo el país.
Y no fueron casos aislados. Ese mismo votante eligió en Texas a Gina Hinojosa como primera latina gobernadora del estado, poniendo fin a tres décadas de control republicano, en Nuevo México a Deb Haaland como primera indígena al frente de una gobernación, en el Senado a Peggy Flanagan como primera senadora indígena y a Chris Pappas como primer senador abiertamente gay. No es una cuota simbólica, es un país que decidió que su clase política debe parecerse a su calle.
Esa madurez se explica por el peso de las promesas rotas. Donald Trump regresó en 2024 con dos compromisos simples que le dieron la victoria: acabar con la inflación el Día 1 y no más guerras. Dos años después el balance que hizo el votante en la urna es el que recoge el sondeo final de Data for Progress y el informe del Instituto Alemán de Economía, titulado precisamente, Promesas Incumplidas. El informe señala que la inflación está muy por encima de la meta de la Fed y eso alimenta la crisis de asequibilidad, mientras la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán añade a una deuda de 40 trillones y dispara las tasas de interés.
Los números le dan la razón al votante. En agosto de 2024 el galón de gasolina estaba a 3.44 dólares. El día de las elecciones, según el recuento oficial citado por la prensa americana, la gasolina había subido 34.2 por ciento interanual y la inflación de septiembre cerró en 3.7 por ciento, por encima del 3 por ciento que dejó la administración anterior, mientras los salarios solo subieron 3 por ciento. El cheque compra menos.
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Por eso incluso voces del propio movimiento que lo llevó al poder lo dicen abiertamente. Tucker Carlson acusó a Trump de traicionar su agenda de America First al lanzar una guerra de cambio de régimen contra Irán. Marjorie Taylor Greene, hasta hace poco su aliada más fiel, sentenció que ha traicionado sus promesas de campaña. Y la presidenta de la AFL-CIO, Liz Shuler, puso el dedo donde duele: la gente habla del costo de las cosas pero también de que su salario no alcanza.
En ese cuadro hay un factor decisivo que explica la barrida, el voto latino y su ruptura con la política de redadas del ICE. La Casa Blanca apostó a que el acercamiento latino de 2024, cuando Trump llegó a obtener 55 por ciento del voto latino en Texas según Texas Politics Project, era un cheque en blanco para una política de redadas masivas. Se equivocó. El voto latino no solo se alejó, se volcó y fue clave para que Texas cayera por primera vez desde 1990 y para el giro en Arizona, Nuevo México y Pensilvania.
No votaron por ideología, votaron por dignidad. Y como consecuencia directa de ese voto latino en contra de los abusos del ICE, la diáspora dominicana logró su mayor triunfo histórico en Washington con tres dominicanos al mismo tiempo en la Cámara Baja: Darializa Ávila Chevalier por Nueva York con 87.9 por ciento, la primera mujer dominicana en la historia del Congreso, Manny Rutinel por Colorado e Analilia Mejía por Nueva Jersey, marcando la primera vez que tres quisqueyanos legislan juntos en el Capitolio.
Esa barrida de primer término, con la pérdida del Senado ya por encima de los 51 necesarios y la Cámara por encima de los 218 y el vuelco de gobernaciones como Texas después de 31 años republicano y Georgia después de 28, es el aviso más claro de lo que puede pasar en la presidencial de 2028. Y obliga a la gestión republicana a tres giros si no quiere firmar su derrota.
Primero, romper con la guerra que encarece todo. Con el petróleo por encima de los 100 dólares por el casi cierre del Estrecho de Ormuz, no hay discurso económico que aguante. Segundo, cambiar arancel por bolsillo. Tercero, frenar al ICE o perder el suroeste para siempre.
Si el partido no pasa del espectáculo de la deportación a una política que distinga entre criminal y trabajador, el voto latino, que es 14 por ciento del electorado nacional, se consolidará como demócrata hasta 2032.

