Opinion.- La República Dominicana se encuentra inmersa en una crisis estructural que va más allá de la economía; es una crisis de moral, por el liderazgo de quienes gobiernan sin compromiso con el pueblo.
La reciente imposición de un sistema fiscal regresivo, que ahoga a los emprendedores y trabajadores y mantiene congelado el Impuesto Sobre la Renta frente a la inflación galopante, confirma que el Estado ha optado por castigar a quienes sostienen el país que son los trabajadores.
Mientras la clase gobernante se refugia en discursos vacíos y demagógicos , el gasto público se incrementa sin transparencia ni resultados palpables, priorizando intereses de élites y proyectos clientelistas sobre el bienestar de la ciudadanía.
Este desprecio por la clase trabajadora común perpetúa la asfixia de la clase media y alimenta la migración silenciosa de una juventud que ya no cree en un futuro posible dentro de sus propias fronteras.
En el terreno sanitario, la crisis es igualmente devastadora. Los seguros médicos privados aumentan sus tarifas a ritmos inalcanzables para la mayoría, mientras el sistema público colapsa entre la negligencia, los desfalcos y la corrupción.
Esta realidad pone en evidencia un Estado dominicana incapaz y desinteresado en proteger el derecho básico a la salud, dejando a millones desamparados y condenados a elegir entre la pobreza y la enfermedad. Al mismo tiempo, la inseguridad ciudadana, la violencia contra las mujeres y la impunidad en el manejo de los fondos públicos exacerban la desesperanza generalizada.
El desgaste social : un gobierno desconectado de las urgencias reales del pais , que prefiere mantener un statu quo extractivo antes que abrazar reformas auténticas y justas.

