El pasado mes de junio, la velocista norteamericana Sha’Carri Richardson voló sobre la pistas del estado de Oregón en los clasificatorios para los Juegos de Tokio. En las semifinales recorrió los 100 metros en 10,64 segundos y corroboró su gran estado de forma ganando la final, obteniendo el billete para la cita olímpica.
Con sus llamativos tintes de pelo, pestañas postizas y varios tatuajes asomando en su piel, la atleta tejana de 21 años se convertía en una atracción mediática para todo el país y en una esperanza de medalla en clave olímpica.
Pero el sueño se rompió tras la carrera porque Richardson, en el control antidoping, dio positivo en cannabis. Una sanción de un mes (del 28 de junio al 28 de julio) y la pérdida de la marca calcinó sus planes de conquistar la gloria olímpica.
Finalmente, la delegación de Estados Unidos no la incluyó en su lista para Tokio. «Soy humana», fue su respuesta en redes, pese a que espantó el victimismo y asumió su culpa. Más tarde reconoció que fumó marihuana durante la competición para lidiar con la muerte de su madre, que había fallecido poc antes, lo que le generó un estado de «pánico emocional», una condición que descorchó una marea de apoyos hacia la deportista.
Hoy, tras dos meses de fundido a negro, Richardson vuelve a competir y lo hará contra el oro olímpico, la jamaicana Elaine Thompson. Un metal que podría haber sido suyo, pero por el que no pudo luchar debido a la actual legislación.

